Cada día me miro al espejo y me repito interiormente que soy fuerte y que puedo soportar cada crítica.
Salgo de casa con la cabeza bien alta y la autoestima por las nubes. Entro a clase con una sonrisa y la mantengo durante todo el día.
Pero cuando llega la noche y me siento tras la pantalla, la sonrisa desaparece, las lágrimas afloran en mis ojos y mi coraza se derrumba. Tras el "anonimato" que me proporciona en cierta manera la red, me desahogo.
Y es que cada vez que me miro al espejo solo veo a una cría que se cree mayor y que realmente no es nadie. Veo unos ojos soñadores cuyo mayor deseo es conseguir ser alguien en el mundo literario algún día y que sabe nunca lo conseguirá.
Veo a una niña que aunque no quiera cada crítica la hunde más y más y que es terriblemente insegura.
Veo los sueños rotos, las promesas incumplidas, las caídas
a lo largo de su corta vida.
Pero sobre todo, veo las mentiras que cada día me veo obligada a creerme para que los demás no noten todo lo que pasa dentro de mí. Y llega un momento en el que me creo esas mentiras.
Por eso estoy cansada. Cansada de mentirme a mí misma
Me levanto, me preparo y salgo hacia el
instituto, como cada día, sin ganas.
Entro a clase de las primeras mientras
observo a los diferentes grupos que se van formando en la clase.
Intento integrarse en alguno, pero siento que sobro y decido volver a
mi sitio en primera fila.
La clase da comienzo e intento prestar
atención a las palabras de la profesora, que explica un trabajo. -
No lo digas, no lo digas, no lo digas- repito como mantra
interiormente. “ El trabajo es por parejas chicos, podéis hacerlas
vosotros” Lo dijo. Odio esas tres palabras. Automáticamente, mi
cuaderno se vuelve muy interesante y trato de ignorar el jaleo que se
ha formado en clase. Como siempre, me pondré con la persona que
tenga la mala suerte de quedarse solo.
Las horas pasan rápido y cuando quiero
darme cuenta suena el timbre que anuncia el recreo. Por fin. Aunque
la situación no es muy diferente. A pesar de tener un grupo de
amigas con las que juntarme, siento que no las importo y solo cuentan
conmigo cuando están solas.
El timbre suena de nuevo anunciando el
fin del pequeño descanso. Ojalá no lo hubiera hecho. Gimnasia. Odio
esta hora. Es cuando más sola me siento. Todo el mundo con sus
amigos. Y luego estoy yo, la chica anti-social que corre en silencio.
Las clases pasan y cuando quiero darme
cuenta suena el timbre de salida. Recojo rápidamente mis cosas y
salgo de clase la primera.
Al llegar a casa mi madre me pregunta
sobre el día y yo, como siempre, evito la pregunta. No quiero
mentirla, pero tampoco quiero que se preocupe por mi más de lo que
ya lo hace.
Termino de comer y hago los deberes.
Luego cojo mi ipod, mi libro favorito y dejo que pasen las horas en
un mundo de hadas, seres sobre-naturales, amor y amistad. Cuando
quiero darme cuenta, mi madre me avisa para la cena, donde mis padres
discuten una vez más por algún motivo que desconozco, aunque como
en la mayoría de ocasiones, la culpa sea mía.
Termino de cenar y me pongo en el
ordenador un rato para hablar con mi mejor amiga, la única que me
entiende y escucha cuando lo necesito. Cotilleo un poco el perfil del
chico que me gusta, a pesar de que sé que para alguien como yo es
inalcanzable.
Apago el ordenador y me voy a la cama
para soñar cosas que nunca se harán realidad. Con ser una chica
“normal”. Con simplemente ser feliz.
Y para preparme para un nuevo día
rodeado de soledad. Para prepararme para un día más.